Robert y los Catapila

3.00

Traducido del francés (Costa de Marfil) por Alejandra Guarinos Viñals

Allí estaba Robert, sentado solo en su casa mientras Rosalie y los niños estaban en el campo de arroz. Allí estaba, preguntándose cómo conseguían hacerse ricas ciertas personas mientras que él seguía siendo un pobre de solemnidad a pesar de todos sus esfuerzos por salir de la miseria.

Catapila llega al pueblo y Robert lo acoge como a un hermano, entregándole un trozo del bosque que ha heredado de sus padres para que pueda trabajar la tierra y dar sustento a su familia. Como muestra de agradecimiento y respeto, cada noche Catapila trae de su plantación frutas y hortalizas que comparte con Robert. De vez en cuando, también le presta dinero que tiene la delicadeza de no reclamarle nunca. Hasta que un día Robert queda hechizado por el trasero de la hija de Catapila. Pocos días después, los Catapila deciden abandonar el pueblo.

Empiezan así los problemas para Robert, acostumbrado ya a vivir de los Catapila, y al que le gusta más beber con los amigos, ir a entierros y rondar a las mujeres que trabajar.

Una reflexión sobre la diferencia, el esfuerzo, el sentido de la propiedad y las supersticiones narrada con una buena dosis de sarcasmo. Una historia que nos muestra lo fácil que es pasar de la hospitalidad a la guerra y lo cómodo que es culpar al otro de nuestras desgracias.

autor

Venance Konan

Venance Konan. Foto y © de Abdoulaye Coulibaly.

Venance Konan nació en 1958 en Costa de Marfil. Se doctoró en Derecho por la Universidad de Niza y regresó a su país para entregarse al periodismo, su pasión desde que iba al colegio. En 1993 obtuvo el premio al mejor periodista de investigación de Costa de Marfil por una serie de reportajes sobre la guerra en Liberia y la droga en su país. Entre los años 2002 y 2006 fue el responsable de grandes reportajes en Fraternité Matin y, más tarde, corresponsal en Afrique Magazine. Desde abril de 2011, es director general del grupo Fraternité Matin[seguir leyendo >>]

traductora

Alejandra Guarinos Viñals

Alejandra Guarinos Viñals. Foto y (c) de Vicente Bodas González.

Alejandra Guarinos Viñals estudió en el Liceo Francés de Alicante, donde se gestó su pasión por las lenguas y la literatura. Aprovechando su habilidad con los idiomas, durante años trabajó en ámbitos internacionales y se dedicó a viajar y conocer mundo, otra de sus pasiones, hasta que, con 33 años, decidió abandonar su trabajo estable para cursar la licenciatura en Traducción e Interpretación. Erasmus tardía, siente que su decisión de alejarse de los senderos más convencionales tiene premio y poder dedicar hoy parte de su tiempo a la traducción literaria es uno de ellos. [seguir leyendo >>]

ficha técnica

ISBN: 978-84-941711-0-9

Formato: ePUB

Tamaño: 204 KB

Idiomas:
del original: francés (Costa de Marfil)
de esta edición: español

Publicado el 27.09.2013

PVP: 3,00 €

leer un fragmento

No se sabe muy bien en qué año llegó al pueblo. Tan solo que ha pasado mucho tiempo desde entonces. Aquí, los años se parecen tanto que siempre nos equivocamos cuando queremos contarlos.

Llegó delgadísimo, como todos los de su raza, en busca de una tierra menos dura que aquella que lo había visto nacer y donde, según nos contó, nada, absolutamente nada, crecía. Contaba incluso que allí, cuando uno se encontraba con un árbol tenía que andar durante kilómetros antes de ver otro. Lo mirábamos con los ojos muy abiertos pero sabíamos perfectamente que exageraba.

Fue Robert quien se lo encontró por la ciudad y lo trajo a nuestro pueblo. Se lo presentó al jefe de la tierracomo su amigo, mejor dicho, como su hermano, y le dio un trozo de bosque que había heredado de sus padres. Condujo a su amigo a lo más profundo del bosque, donde solo se aventuran los cazadores más intrépidos debido a las bestias salvajes, y le dijo:

—Puedes empezar a trabajar la tierra a partir de ese árbol grande hasta aquel reguero de agua.

Era un buen trozo de bosque pero Robert estaba convencido de que su amigo no podría trabajar más que una pequeña parte. Robert nunca nos dijo la cantidad que le dio su amigo a cambio de ese trozo de bosque, pero durante algunos días fue un hombre próspero que invitaba a beber a todo el mundo, algo que hacía siempre que tenía dinero.

Por aquel entonces, nuestro pueblo era minúsculo y estaba perdido en medio del bosque. Sacábamos de ese bosque los recursos básicos. Nuestras necesidades no eran enormes y el bosque nos proveía de sobra. Nos daba berenjenas, tomates, pimientos, granos de palma, bananas, tarosñamesgombos, carne. En resumen, todo lo que necesitábamos para alimentarnos. Nuestras mujeres cultivaban algo de arroz en las inmediaciones del pueblo y lo vendían para comprar otras cosas que el bosque no podía ofrecernos. Algunos hombres cultivaban también café y cacao pero no eran muchos.

El amigo de Robert se fue y regresó después con uno de sus hermanos pequeños, tan flaco como él y con un nombre tan impronunciable como el suyo. Robert les dio permiso para construirse una cabaña al lado de la suya. Dos días más tarde, la habían acabado ante la sorpresa de todo el pueblo. Y empezaron a ir al bosque. Se iban muy temprano por la mañana, incluso antes de la salida del sol, y no volvían hasta tarde, cuando ya era de noche. Nunca participaron en las veladas que organizábamos por las noches en las que cantábamos y recitábamos poemas, bebíamos vino de palma y copulábamos con las chicas detrás de las cabañas. Robert le insistió a su amigo para que viniera con su hermano a beber con nosotros, pero se negaba siempre con la excusa de que estaba cansado. Nos parecían raros pero, en el fondo, no eran más que gente de otra raza, distintos a nosotros y dejamos de interesarnos por ellos.

Al cabo de diez días, Robert terminó preguntándose qué narices podrían estar haciendo esos dos en el bosque y se fue a averiguarlo. Volvió corriendo, reunió a todos los hombres presentes en el pueblo y les pidió que lo siguieran.

—Si os lo cuento, jamás me creeríais. Venid a verlo vosotros mismos.

Y lo seguimos por el bosque.

Durante el trayecto, se negó rotundamente a responder a nuestras preguntas, solo decía:

—Venid y veréis. Si os lo cuento antes de que lo hayáis visto, me acusaréis de ser un mentiroso.

Anduvimos pues hasta el campo que Robert había dado a su amigo y lo que vimos fue realmente increíble.

—Pero, ¿cómo han podido hacer esto? —preguntó un hombre del grupo.

—Un hombre no puede hacer esto —dijo otro.

Lo que nuestros ojos veían superaba sencillamente lo imaginable. Los dos hombres habían talado todos los árboles y desbrozado todo el bosque con sus propias manos.

—¿Cómo es posible que un hombre trabaje así? —preguntó Robert.

—Parecen Caterpillars —respondió alguien.

A partir de ese día el amigo de Robert perdió su verdadero nombre, ya de por sí difícil de pronunciar. Se quedó con «Catapila», alteración de Caterpillar, y a su hermano se le llamó «Pequeño Catapila». Más tarde, cuando vinieron a instalarse con ellos más hombres y mujeres de su raza, los llamamos los Catapila. Los llamábamos así para reírnos de ellos pero ellos se sentían orgullosos de que los comparáramos con esas máquinas americanas que arrancaban árboles, enormes incluso, y aplanaban montañas.

Glosario

El eBook incluye un pequeño vocabulario para entender mejor la historia.

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